Donde el amor comienza… y según dicen, termina
Hay lugares que parecen diseñados para enamorarse. Calles empedradas, jacarandas que filtran la luz de la tarde, cafés con mesas diminutas donde las manos casi se rozan por accidente. El centro de Coyoacán es uno de ellos.
Y, sin embargo, sobre ese escenario casi cinematográfico flota una historia que incomoda: la maldición de Coyoacán.
La leyenda urbana asegura que las parejas que tienen su primera cita ahí —entre el Jardín Centenario y la fuente de los coyotes— están destinadas a terminar poco después. No importa si hubo risas, si el beso llegó al final o si prometieron volver a verse. Algo, dicen, se rompe.
No hay pruebas. No hay estadísticas. Solo relatos que se acumulan en hilos de redes sociales, confesiones nocturnas y videos que mezclan ironía con sospecha. La repetición del mito le da fuerza, como si la ciudad misma susurrara advertencias a quien acepta una invitación al sur.
Historia, agua y fantasmas simbólicos
Algunas versiones buscan raíces más profundas. Se habla del conflicto entre el tlatoani mexica Ahuízotl y el gobernante de Coyoacán por el control del agua en el siglo XV. Años después, una inundación devastó Tenochtitlán.
La conexión con el amor es una reinterpretación moderna, casi poética: donde hubo tensión y desbordamiento, ahora habría energía inestable. No es historia comprobada en términos románticos, pero la metáfora seduce.
El encanto que nadie quiere evitar
Paradójicamente, la maldición de Coyoacán no ahuyenta a nadie. Al contrario, alimenta el misterio. Hay quienes van “a probar suerte”, como si el riesgo añadiera intensidad al encuentro. Otros lo toman como broma compartida, un guiño cómplice antes del primer café.
Quizá el verdadero poder del mito no está en romper relaciones, sino en recordarnos lo frágil que es el inicio de cualquier historia. Porque cuando todo es nuevo, cualquier final parece mágico, inexplicable.
Al final, Coyoacán sigue siendo lo que siempre ha sido: un barrio bohemio, romántico y lleno de vida. La maldición de Coyoacán vive más en la imaginación colectiva que en los destinos amorosos.
Y aun así, cuando alguien propone: “¿Vamos a Coyoacán?”, siempre habrá un segundo de duda… antes de decir que sí.