El niño que aprendió a cantar antes de entender el aplauso
La vida de José José comenzó el 17 de febrero de 1948 en la Ciudad de México, en un hogar donde la música no era un lujo, sino una necesidad. Hijo del tenor José Sosa Esquivel y de la pianista Margarita Ortiz, creció entre ensayos y silencios tensos. La disciplina artística convivía con la fragilidad económica y emocional de su entorno.
Antes de ser ídolo, fue un joven que tocaba la guitarra en serenatas y cantaba en pequeños espacios nocturnos. La consagración llegó en 1970, cuando interpretó El Triste en el Festival OTI. Aquella presentación no solo estremeció al público; redefinió la balada en español. Desde entonces, José José dejó de ser promesa para convertirse en fenómeno.

Fama, exceso y una batalla íntima
El éxito fue inmediato y descomunal. Discos de oro, giras internacionales, teatros llenos. Canciones como Gavilán o Paloma y Lo Pasado, Pasado se volvieron parte de la memoria colectiva de América Latina. Pero detrás del escenario, la vida de José José transitaba por una línea más compleja.
El alcohol marcó años difíciles. Él mismo habló con crudeza sobre sus adicciones y el impacto en su voz. Hubo pérdidas, divorcios, crisis financieras y una lucha constante por recuperar estabilidad. Su vulnerabilidad, lejos de debilitar su figura pública, la humanizó.

El legado que no se apaga
Con el tiempo, su voz cambió, pero su presencia nunca desapareció. Nuevas generaciones lo descubrieron en plataformas digitales, mientras su biografía se convirtió en serie y debate cultural.
La vida de José José no fue perfecta, pero fue profundamente real. Transformó el dolor en arte y el amor en himno. Más que un cantante romántico, fue un intérprete que hizo del sentimiento una experiencia colectiva. Su historia sigue latiendo cada vez que suena una de sus canciones.